La curiosidad
¡Ayayay! Esto de ser novata y autodidacta me pone un poquitín nerviosa. Pero como que me llamo Marisol, y soy digna hija de mi madre, aquella gran mujer que nunca ha aceptado un NO por respuesta, sepan que nunca he dejado de hacer algo por estar nerviosa... ni por orgullo voy a dejar que un blog me la gane.
¡Y cómo, si acabo de descubrir que mi sobrina-nieta tiene un blog desde hace un par de años! Camila, camilita, que ha vivido tan sólo una quinta parte de mi vida, navega por Internet como pez en el agua y yo aquí, que siento que voy nadando contra la corriente, pero prometo que voy a llegar a la otra orilla.
Mmmm... pienso que ganas no me faltan de cruzar a la otra orilla, pero esta vez estoy hablando en serio. Vivo del lado equivocado del Pacífico, me vine por curiosidad a esta isla. Mi pobre cultura geográfica me hizo creer que vendría a una isla tibia, con palmeras y que el ritmo de las melodías polinesias, como telón de fondo, nos arrullaría en un país-isla que se dice “europeo”. La verdad, Nueva Zeland(i)a me inspiraba mucha curiosidad.
La bendita curiosidad. ¿Será cierto que la curiosidad mató al gato? No, como tampoco es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. ¿¡Cómo puede ser mala la curiosidad!? Si no, ¿cómo aprenderíamos a vivir? Si nunca hubiéramos leído libros prohibidos, mirado por el orificio de la cerradura, abierto la caja de galletas de la abuela, hojeado el diario de vida de una hermana, díganme, ¿cómo entonces nos hubiéramos enterado de tantas cosas?
Es rico meterse en lo que a uno no le concierne, claro está que dentro de ciertos límites. Hay que seguir el protocolo, por ejemplo, si hay dos personas conversando y resulta que uno de pura casualidad está escuchando, no tiene que dar su opinión. Pero no hay nada de malo en escuchar, es más rápido para aprender sicología humana que leer uno de esos libros de crecimiento personal. Y cuando uno va caminando por la calle tampoco tiene nada de malo mirar dentro de las casas para darse una idea del decorado, de los habitantes, y eso... total, mientras uno no se meta en sus casas a dar la opinión.
Me gustaba cuando mis hijos eran curiosos. Probablemente nunca sabrán que yo los dejé hacer de las suyas, que estaba detrás de la puerta cuando planeaban un ataque pirata a la despensa, que estaba mirando por la ventana cuando jugaban con fósforos, o que dejaba dulces en mi cartera para ver si los encontraban. Todavía veo la carita de mi hija Carolina cuando gateando por la cocina le dio un mordisco a una cebolla, argh....¡qué asco! El techo del baño aún tiene unas manchas en el techo resultado de algún experimento que nunca supimos cuál de los cuatro peques hizo y aquí seguimos todos bien vivitos y coleando o ¿será que tenemos siete vidas?
Marisol
