Los cumpleaños me hacen escribir

Mezcla de terror y de arrogancia es el regalo que me han dado mis nuevos años como cincuentona. Por un lado, siento miedo de ponerme vieja, de pensar que tengo la edad de mi madre cuando yo le miraba disimuladamente sus arrugas y pensaba “pobrecita, se está haciendo viejita”. Por otro, ahora reafirmo eso de que más sabe el diablo por viejo que por diablo y que alguien presuma de lo contrario.

Confieso que siento susto cuando, así de pasadita, sin ninguna intención de mirarme en el espejo, el reflejo me muestra la figura difusa de una señora respetable que no es la mía. Bueno, no voy a llamar mentiroso al espejo, pero es que la imagen no cuadra con la pintura que yo tengo de mí misma. Entonces mi instinto de supervivencia decide que los espejos pasen a la lista de ex-confidentes y en vez de darles un martillazo para no echarme la superstición encima, decido que es mejor

1) utilizarlos como elementos decorativos ó

2) prescindir de ellos.

Veamos la primera opción. El truco de colocar un espejo en el comedor no falla. Duplica la luz, tiene un efecto visual fenomenal capaz de transformar un par de metros cuadrados en un salón, pero más importante aún, consigue distraer la atención del resto del mundo que está tan ocupado mirándose a sí mismo que una puede respirar tranquila de saber que nadie esta mirándole las arrugas.

La segunda opción es mas práctica y hay que ser prácticos en este mundo ¿de qué me sirve el espejo cuando tengo que ponerme lentes para verme bien la cara? Además resulta cómico-trágico cuando hay que hacer malabares para ponerse el maquillaje por arriba y por debajo de los lentes para asegurarse de que la sombra de ojos no parezca un patacón del Amazonas dibujado en la cara o que el rojo de los labios no se vea a 300 metros de distancia. Concluyo que hay que tener dignidad y optar por el look natural.

En mi barrio, hay una señora mayor que sale todos los días a caminar y yo, cada vez que la veo, me muerdo, me callo y me quedo con la sensación de ser una cobarde por no atreverme a decirle que... ¿qué le voy a decir? ...¿que parece un payaso de la forma como esta pintarrajeada?

La arrogancia que me han regalado los años no me alcanza para decirle a esta pobre mujer que se ve ridícula, pero sí me sirve para sentirme con derecho a hacer lo que quiero. Soy más libre que antes y no hago más cosas por compromiso ni por caer bien.

Si a esta edad no le caí bien a alguien, ya no le caeré bien de ninguna manera y la vida me ha enseñado que no se puede complacer a todo el mundo. La arrogancia es la que me hace pensar que algún lector imaginario leerá lo que estoy escribiendo pero filosofando pienso que “Escribo, por lo tanto existo”. Me gusta vivir y nadie me obliga a hacerlo.

Estoy feliz por haber salido del rebaño social que impone dictaduras tristes. A los 20 era la moda, a los 30 era aprender los trucos para seguir pareciendo de 20, y a los 40 era gastar una fortuna en productos que prometían verse de veinte años menos y uno se lo creía.

Una velita más en mi torta significa más luz, ¡qué vivan los 50s!