Escribo pensando en que quisiera que ninguno de mis seres queridos pudiera jamás entenderme ni sentir el inmenso dolor que significa perder un hijo.
Cuando parten los abuelos se siente un dolor tierno, vivimos de otra forma la tristeza que está presente en la muerte porque cuando esa muerte es el desenlace de una vida, nos entregamos. Cuando los padres se van una vez cumplida su tarea en esta vida aceptamos el dolor del abandono.
Pero hay un dolor que es inmensurable cuando se pierde a un ser querido que no te antecede. Cuando este ser querido es un alma joven, cuando sientes que no cumplió su misión de vida porque no llegó a viejo.
De todos los lazos afectivos solo hay un ser que permanece atado a otro porque fue parte de ti: tu hijo. No es natural perder a un hijo, primero das la vida y luego cuando pierdes a un hijo, te quitan la vida antes de morirte. No hay una palabra para describir a un padre que pierde a un hijo. Existe la viudez, la orfandad, pero no hay en ninguna lengua un término para definir esa separación anti natural que deja a un padre sin su hijo.
La mirada nunca vuelve a ser la misma, se nota el vacío cuando te miras y como ves al mundo. Cada día es una lucha, no hay nada que mitigue el dolor, ni siquiera el tiempo porque el tiempo se detiene y la vida pasa por delante como en una pantalla de cine. Uno respira, más bien suspira, y escucha los latidos de su propio corazón porque se vive en estado de taquicardia. Duele el corazón, se siente una daga que lo atraviesa, te tocas el pecho y no hay nada. Uno se olvida de comer, de dormir, los días pasan en piloto automático porque la vida continúa a tu alrededor.
Uno se aísla porque se da cuenta que la alegría de los otros duele. Se oyen risas, sale el sol, tu perro ladra porque quiere salir a pasear. Ya van muchos días sin salir y al pobre perro le hace falta el ejercicio. A uno también le hace falta el ejercicio, se siente el cuerpo pesado, arrastras las piernas porque duelen, escuchas tus propios zapatos arrastrarse.
Se vienen las fiestas y con buenas intenciones la gente te desea una "Feliz Navidad". Dan ganas de romper las tarjetas, de eliminar los mensajes, pero gracias a Dios queda algo de cordura y te das cuenta que la gente te quiere. Que la familia y los amigos piensan en ti. Que no te entiendan es otra cosa, pero te quieren igual. Con esfuerzo pones decoraciones navideñas e intentas convencer a la familia para que te ayuden a preparar la cena de Navidad porque ellos también están en piloto automático y quisieran dormir dos días seguidos y despertar cuando la fiesta ya pasó.
Da rabia pensar que tu hijo no estará contigo esta Navidad... ni en ninguna otra. Gritas, lloras, rezas, te duermes para no pensar, pero en cuanto despiertas, ahí esta la realidad: tu hijo no vive. Te preguntas todo lo que podría haber sido; quizás el esposo de una novia que quedó desconsolada, o un padre dedicado que te haría abuela de unos nietos que nunca existirán.
Pienso en aquellos que han perdido a un hijo para decirles que recién ahora dimensiono su dolor. Me hace bien escribir y expresar lo que siento porque de lo contrario mi pecho reventaría de pena y mi ser se llenaría de resentimiento. Me dicen que está bien sentir rabia, las emociones se mezclan y notas que no hay lugar para la alegría. Solo queda la esperanza de que tu hijo esté en paz. Quieres creer, tener fe en aquellos que te dicen que es un ángel, pero igual miras al cielo y no comprendes nada, te preguntas "por qué" cada día, cada hora, cada vez que piensas en tu hijo.
La vida nunca volverá a ser igual. La muerte de un hijo no es un duelo porque no se acaba. Una parte de ti muere con él: el dolor de la pena lastima muy adentro, se hace físico y una madre siente el dolor en el vientre que acunó la vida de su hijo antes que ella misma lo supiera.

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